Qué quieres que te diga, podría escribir por encima de lo que me levantan la voz, y sin embargo, no creo que nadie esté a la altura para llegar a ella.
Porque el tiempo no cura nada, pero el silencio lo acaricia todo.
Mi vida, no estoy lo suficientemente triste para lo muchísimo que fumo, y no veo que el humo haga desaparecer el recuerdo, pero por lo menos lo mancha de risa, que es un color precioso.
Hace ya unos años que me juré no cumplir más, y por el contrario, esto de la inmortalidad me está sabiendo más a tumba que nunca. Recibo demasiadas flores para creer que sigo viva; y todos los cementerios tienen jardines, y eso dice mucho de los que enferman deshojando margaritas, pero muy poco de mí.
La gente, que no es ni eso, cada día tiene más cuento y menos historia, pero qué te voy a contar a ti, que no me hayas contado antes, para que me quede dormida.
Todavía nos aferramos a eso del amor de nuestra vida, y eso que tenemos siete, y eso, que más que los gatos, somos idiotas y un poco adictos al renovarse o mentir. Y un poco yonkis de la piel, y unos putos enamorados del frío, con lo bonito que sería el sol si no quemase.
Joder.
Que no es tristeza por vicio, precipicio.
Que tenemos unas alas muy, muy de puta madre, pero muy, muy poquitas ganas de echar a volar.
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